Eso eres.
Incertidumbre.
El no conocer, el no saber. El miedo propio de aquello que nos es ajeno. Eso eres, y eso serás. Eres incertidumbre porque nunca sé qué hacer contigo. Nunca sé qué decirte, ni qué quieres oír. Tampoco sé cómo debo actuar, ni cómo pretendes que lo haga.
Pero eso es,
la verdad,
una nimiedad.
Eres incertidumbre. No, no. No eres incertidumbre. Eres Incertidumbre. Así, con mayúsculas. Así te bautizo, pues eso eres. Dudas constantes e hirientes, corrientes o no, permanentes.
Incertidumbre.
Que palabra tan linda, ¿no?
Desconocimiento no es. Pero tampoco es, necesariamente, duda. Porque la duda genera hipótesis. Y, de alguna manera, las hipótesis, generan esperanza.
Pero tú eres incertidumbre.
Incertidumbre.
Vacío.
Temor.
Eres el temor que tengo al futuro, el vacío que siento cuando no estás, eres la incertidumbre de un futuro y eres lo que sea que me haga moverme en ésa dirección.
Eres la incertidumbre de saber si leerás esto o no.
Eres incertidumbre y dolor, pero eres también esperanza y amor. Y esa, ésa específicamente, es una combinación explosiva.
En
Átomos
Dispersos
Espero
tu
spuesta,
Re
greso,
mi amada Incertidumbre.
martes, 21 de julio de 2015
martes, 24 de febrero de 2015
Clara
¿Sabes? Sé perfectamente que
nunca leerás esto. O que si lo haces, no será pronto. De eso estoy seguro
porque rara vez cruzamos palabras, aún si cada día que pasa se nos hace más
común ese intercambio lejano de aliento sonoro. No sólo eso, sino que,
realmente, no nos conocemos. Compartimos un par de horas a la semana, sabemos el nombre del otro… y ya.
Pero ¿sabes? Tienes la que es,
quizás, la sonrisa más hermosa que he visto, si no en mi vida, sí en los
últimos años. Y mira que veo muchas sonrisas. Pero eso ya lo sabías. Sabes, al
igual que muchos otros, que disfruto mucho de ver distintas sonrisas. La tuya,
la de Valentina, la de las Susana, las de Camila, y las de Andrés, Carlos, y
Federico –por darte alguno que otro nombre-. Sabes que me encanta ver sonrisas,
porque me encanta ver la tuya. Y me encanta cómo te desesperas, sin entender
bien por qué te pido que sonrías.
Porque tu sonrisa es, sin lugar a
dudas, especial. No sólo por cómo encaja en tu rostro, que lo hace de
maravilla, sino porque brilla. Y no como un anuncio de cualquier producto
recomendado por nueve de cada diez dentistas. Brilla con un resplandor propio
de las maravillas desconocidas. Delicada pero completa, un reflejo de ti.
Sé que no leerás esto. No me
importa. Quería escribirte de tu sonrisa. Y acá está. Si de por sí eres bonita,
sonriente eres hermosa.
sábado, 7 de febrero de 2015
Recuperando la costumbre: Arte (2)
Arte.
Eres arte.
Y eres arte en estado puro.
Y eres arte en estado puro porque todo en ti es
arte.
Eres
arte cuando ríes, cuando callas. Eres arte cuando divagas, cuando no sabes si
quieres chocolate o vainilla. Eres arte cuando tu voz desgarra el aire y viaja,
interrumpiendo el silencio, hasta mis afortunados oídos. Eres arte cuando
suspiras distraída, pensando en oportunidades pasadas o personas lejanas. Eres arte
cuando brillan tus ojos, y cuando los enlazas con los míos. Eres arte cuando
ves niños y los cuidas, aún si casi no lo conoces. Eres arte cuando decides que
unas líneas de grafito sobre papel cobrarán vida, y logras que lo hagan.
Eres
arte cuando sonríes, eres arte cuando miras. Eres arte en todas y cada una de
sus formas. Eres arte cuando dudas y cuando discutes. Eres arte cuando te
enfocas en aquello que adoras, y eres arte cuando contemplas la distancia
esperanzada. Eres arte cuando sientes y expresas, y cuando no encuentras las palabras adecuadas y desesperas. Eres arte...
Simplemente
eres arte, en todas sus formas y estados.
Y
como el arte, eres perfecta. Aún cuando no lo eres.
viernes, 6 de febrero de 2015
Recuperando la costumbre: Arte
Arte.
Eres arte.
Y eres arte en estado puro.
Y eres arte en estado puro porque
todo en ti es arte.
Es arte tu cabello, la forma en
que se mueve cuando giras tu rostro para mirarme.Es arte la forma en que caminas,
cómo te bamboleas a tu propio ritmo, desafiando la realidad. Siempre delicada y
decidida. Es arte también el subir y
bajar de tus hombros y vientre al respirar, su tranquilidad o velocidad
contagiándome. Es arte tu figura, la cuerva en tu cadera, el caer de tus
pechos, el color de tu piel, el aroma que desprendes.
Es arte tu rostro, casi
angelical. Es arte tu nariz, con sus formas; y es arte la forma en que se
curvan tus labios para formar una sonrisa; y no mencionemos ya su sabor. Son
arte tus pestañas, que guardan el tesoro de tus ojos. Y son arte tus ojos. Es
arte la forma en que brillan cuando hablas de aquella música que amas, cuando
describes la sensación de tu comida favorita. Es arte su color y su profundidad,
es arte la forma en la que parpadeas, coqueta y elegante.
Porque el arte es más que la
imagen o figura, es el impacto que causa.
Por eso, y porque es arte la
forma en la que me miras y sonríes, puedo afirmar sin dudar, que todo en ti es
arte.
jueves, 5 de febrero de 2015
Recuperando la costumbre: Cuento uno.
Ni aullaron los lobos, ni
escondieron las madres a sus hijos. No silbó el viento, no se persignaron las
personas. Los últimos arreboles de la tarde desaparecían más rápido de lo que a
las parejas enamoradas les gustaría, y los poetas se quejaban de eso. La noche
abrazaba la ciudad, como debía hacerlo. Las luces de las calles se encendían,
las vías principales se llenaban de automóviles, y vida. Los vendedores
ambulantes comenzaban a trabajar, y los ladrones redoblaban sus esfuerzos.
Levantó su cabeza. Una pequeña
gota de líquido rodaba por la comisura de sus labios. Su lengua no tardó en
encontrarla y deshacerse de ella. Suspiró mientras su comenzaba a sonreír.
Sería una buena noche.
Se dirigió al tocador, con la
intención de maquillarse un poco. Sabía que no lo necesitaba, pero no estaba de
más sentirse (aún) más linda. Un poco de base aquí y allá, un poco de máscara,
y un poco de rubor, para evitar sospechas. Tomó sus ropas favoritas, oscuras, y
salió. Era la dueña de la noche.
No tardó en encontrar un antro
popular con los jóvenes de la ciudad. La luz, tenue como debe, no era
suficiente para ver más allá de las facciones más obvias. El sonido explosivo
de la música, constante y repetitivo, llenaba el espacio. El olor a sudor y
alcohol era inaguantable. Perfecto.
Un joven bailarín, algo alejado
del centro de la pista, robaba su atención. De cabello corto y mandíbula
fuerte, hombros marcados y contextura atlética, bailaba con una pasión que
despertaba, cuando menos, interés. Llamativo.
Comenzó a acercarse al bailarín sin nombre, caminando lentamente a través
de las personas cerca. Logró que, antes de llegar, el bailarín se fijara en la
figura que se acercaba a él. Inclinó su cabeza, extendió uno de sus brazos, lo
miró a los ojos e hizo ademán de que se acercara. Él obedeció, sobresaltado por
quién estaba frente a él: una mujer hermosa de cabello oscuro, piel blanca,
facciones alargadas aunque delicadas; vestida en tonos de negro y con un cuerpo
escultural.
Ella continuó con sus movimientos
delicados e hipnóticos, bailando con suavidad al ritmo de la música. Él había
perdido la mitad de su gracia, quizás aún sorprendido por la perfección, porque no había mejor forma
de describirla, de la mujer a la que se acercaba. Una presentación, mísero
intercambio de nombres, y comenzaron a bailar. Se alejaron del centro,
acercándose cada vez más a la salida del lugar. A pesar del ir y venir de las
personas, de que cada vez se llenaba más y más el lugar en el que estaban, de
que estaban ambos bañados en sudor, no se detenían. Cuando la noche se acercaba
a su fin, ella tomó la iniciativa y, cómo no, lo invitó a tomar un café;
propuesta que fue supremamente bien recibida por el joven, que estaba pasando
de las mil maravillas.
No tardaron en llegar al
apartamento de la joven, y tardaron aún menos en entrar a su habitación. La ropa
voló para un lado y otro, y la madrugada se llenó de suspiros y caricias. Poco
antes de alcanzar su cénit, ella sintió cómo su rostro perdía su fachada. Sus
orejas se hacían más puntiagudas, sus ojos, hasta ese momento oscuros, tornaron
escarlata. Su nariz, delicada, pasó a ser recogida, casi caricaturesca. Sus
colmillos crecieron desmesuradamente, tanto en longitud como en el diámetro
general; llegando a opacar sus incisivos. La que hasta ese momento fuese
hermosa lanzó un chillido que quebró el silencio propio de los momentos previos
al alba, y antes de que el desafortunado bailarín pudiese evitarlo, clavó sus
colmillos en su yugular, perforando piel y tejidos, y bebiendo la sangre del
joven. Antes de terminar, consideró que quizás fuese… correcto contar con un juguete
de la calidad del joven, que le había dado un buen rato y no era nada duro a la
vista. Que quizás no vendría tan mal estar acompañada…
No. Al fin y al cabo… tengo toda la eternidad para encontrar a alguien
mejor.
jueves, 20 de noviembre de 2014
No estoy muerto, estoy de parranda
Al menos, eso es lo que diría mi profesor.
Trataré de aprovechar las vacaciones para escribir, que he venido perdiendo la práctica cortesía de las distintas obligaciones que he tenido durante el año.
Dicho esto, espero poder contar con sus lecturas durante la navidad. ¿Quién sabe? A lo mejor hay alguna sorpresa escondida.
Trataré de aprovechar las vacaciones para escribir, que he venido perdiendo la práctica cortesía de las distintas obligaciones que he tenido durante el año.
Dicho esto, espero poder contar con sus lecturas durante la navidad. ¿Quién sabe? A lo mejor hay alguna sorpresa escondida.
miércoles, 8 de mayo de 2013
Epílogo: Un sueño nada más.
Tengo casi treinta años.
Llevo dibujando desde antes de hablar. Siempre he trabajado con carboncillo; los colores y yo no nos llevamos bien. Éstas palabras son escritas también con una humilde mina de grafito. ¡Qué herramienta tan maravillosa es un lápiz! Cómo permite a quien lo empuña tentar los límites de su habilidad, llegar a extremos insospechados usando unas pequeñas líneas grises, sólo para ser rescatado de cualquier quimera aberrante que cree por una pequeña y servil goma. Su mantenimiento también es simple: no requiere más que de la caricia descarada de una cuchilla, que acorta su tiempo de vida -sea por estética o por necesidad- pero que aumenta la facilidad de uso del lápiz. Supongo que en ese sentido, el lápiz es más humano que la pluma. Las plumas no requieren de más que sumergirse vagamente en un tintero, y rozar con su punta el líquido negro. No le cuesta parte de su vida el aumentar su productividad. Nosotros, a la cuchilla, le llamamos estudios.
Hay, sin embargo, personas-pluma. Su talento es innato, y sólo necesitan una herramienta para crear arte. Juan Esteban es uno de ésos, aunque él insista en negarlo. A veces, su humildad puede pasar por falsa. Fue mi compañero en el instituto, pero no continuó con su carrera en artes plásticas. Se dedicó a la música, y es hoy un famoso compositor para películas de cine. Nunca le ha gustado la televisión. A él, todo le sale bien; y el muy maldito insiste en que él no es una pluma. Da igual. Mirando al pasado, a veces deseo ser un lápiz completamente, tener una goma con qué borrar mis errores.
Cuando era niño era muy inquieto. Mi padre solía gritarme por las necedades que hacía, y mi madre a él por gritarme a mi, y yo a ella por alzarle la voz a él. Entonces llegaba mi hermanita llorando, y los tres dejábamos de discutir para consolarla. Ella tendría unos cuatro años cuando eso ocurría. Tiene, como yo, los ojos verdes y el cabello negro. Su piel es más clara que la mía. Hoy debe estar por algún lugar de Argentina.
Mientras crecía, no tuve muchos amigos. Siempre me quedaba en el salón durante los recreos, dibujando en mis libretas. Siempre dibujaba lo mismo: la niña que se sentaba a mi lado. Creo que se llamaba Gabriela. Tenía los ojos y el cabello avellana, aunque a veces tomaban el tono que tiene la miel. Se sentó a mi lado durante toda la primaria, y parte de la secundaria. A veces me pregunto qué será de ella. Fue con ella con quien conocí el café. 17 de Agosto. Uno de los últimos años en los que estuvimos juntos. Recuerdo el calor al que nos vimos sometidos, y el sabor de un vino dulce que corrió por nuestros paladares, en el que, en ese entonces, era un pequeño café; que hoy es más grande pero igual de acogedor. Salimos cuando el sol se ocultaba, como lo hace todos los días, pero decidió tardar un poco más para nosotros. Al igual que ella, el sol se iría. No sé bien porqué recuerdo la fecha. Quizás sea por lo trágico de una despedida. Éramos un grupo de amigos; cinco camaradas. De ellos, tres están fuera del país, y uno ha muerto. Yo estoy solo en mi ciudad. Me queda sólo un pequeño retrato.
Son casi las tres de la mañana. Me pesan los párpados, y no soy muy consciente de lo que escribo. Me pregunto dónde estará Lucía. Dormida, supongo. El café que tomé hace un par de horas está perdiendo su efecto.
La oscuridad se cierne sobre mi. El aire está frío, aún en mayo. Absurdo.
Siento que el frío tiene brazos, y que reptan por mi piel que intenta abrazarme y de alguna forma, clava sus garras en mi pecho, intentando deshacerse del obstáculo que representa mi carne para alcanzar mi corazón, y destrozarlo; reducirlo a pedazos. No sé qué le hice al frío, ni porqué lo siento cuando el termómetro marca veinte grados centígrados. Estoy oyendo una voz que me llama desde el baño. Creo que estoy alucinando. Me acompaña la luz de una vela, y ésta libreta. Podría encender la luz, pero siento como si alguien -o algo- me presionara hacia la silla en la que estoy sentado. No tiene intención de dejarme levantar. Comienza a faltarme el aire. Todo es negro.
Desperté poco después. Estoy en cama. Las ventanas están abiertas. Está lloviendo. Es octubre. La vela que hay sobre la mesa está apagada. El reloj de mi nochero marca las tres. La noche es fría, y la lluvia ataca impasible.
Acabo de despertarme de un sueño, en el que soñé que me escuchaban.
Tengo casi setenta años.
Llevo dibujando desde antes de hablar. Siempre he trabajado con carboncillo; los colores y yo no nos llevamos bien. Éstas palabras son escritas también con una humilde mina de grafito. ¡Qué herramienta tan maravillosa es un lápiz! Cómo permite a quien lo empuña tentar los límites de su habilidad, llegar a extremos insospechados usando unas pequeñas líneas grises, sólo para ser rescatado de cualquier quimera aberrante que cree por una pequeña y servil goma. Su mantenimiento también es simple: no requiere más que de la caricia descarada de una cuchilla, que acorta su tiempo de vida -sea por estética o por necesidad- pero que aumenta la facilidad de uso del lápiz. Supongo que en ese sentido, el lápiz es más humano que la pluma. Las plumas no requieren de más que sumergirse vagamente en un tintero, y rozar con su punta el líquido negro. No le cuesta parte de su vida el aumentar su productividad. Nosotros, a la cuchilla, le llamamos estudios.
Hay, sin embargo, personas-pluma. Su talento es innato, y sólo necesitan una herramienta para crear arte. Juan Esteban es uno de ésos, aunque él insista en negarlo. A veces, su humildad puede pasar por falsa. Fue mi compañero en el instituto, pero no continuó con su carrera en artes plásticas. Se dedicó a la música, y es hoy un famoso compositor para películas de cine. Nunca le ha gustado la televisión. A él, todo le sale bien; y el muy maldito insiste en que él no es una pluma. Da igual. Mirando al pasado, a veces deseo ser un lápiz completamente, tener una goma con qué borrar mis errores.
Cuando era niño era muy inquieto. Mi padre solía gritarme por las necedades que hacía, y mi madre a él por gritarme a mi, y yo a ella por alzarle la voz a él. Entonces llegaba mi hermanita llorando, y los tres dejábamos de discutir para consolarla. Ella tendría unos cuatro años cuando eso ocurría. Tiene, como yo, los ojos verdes y el cabello negro. Su piel es más clara que la mía. Hoy debe estar por algún lugar de Argentina.
Mientras crecía, no tuve muchos amigos. Siempre me quedaba en el salón durante los recreos, dibujando en mis libretas. Siempre dibujaba lo mismo: la niña que se sentaba a mi lado. Creo que se llamaba Gabriela. Tenía los ojos y el cabello avellana, aunque a veces tomaban el tono que tiene la miel. Se sentó a mi lado durante toda la primaria, y parte de la secundaria. A veces me pregunto qué será de ella. Fue con ella con quien conocí el café. 17 de Agosto. Uno de los últimos años en los que estuvimos juntos. Recuerdo el calor al que nos vimos sometidos, y el sabor de un vino dulce que corrió por nuestros paladares, en el que, en ese entonces, era un pequeño café; que hoy es más grande pero igual de acogedor. Salimos cuando el sol se ocultaba, como lo hace todos los días, pero decidió tardar un poco más para nosotros. Al igual que ella, el sol se iría. No sé bien porqué recuerdo la fecha. Quizás sea por lo trágico de una despedida. Éramos un grupo de amigos; cinco camaradas. De ellos, tres están fuera del país, y uno ha muerto. Yo estoy solo en mi ciudad. Me queda sólo un pequeño retrato.
Son casi las tres de la mañana. Me pesan los párpados, y no soy muy consciente de lo que escribo. Me pregunto dónde estará Lucía. Dormida, supongo. El café que tomé hace un par de horas está perdiendo su efecto.
La oscuridad se cierne sobre mi. El aire está frío, aún en mayo. Absurdo.
Siento que el frío tiene brazos, y que reptan por mi piel que intenta abrazarme y de alguna forma, clava sus garras en mi pecho, intentando deshacerse del obstáculo que representa mi carne para alcanzar mi corazón, y destrozarlo; reducirlo a pedazos. No sé qué le hice al frío, ni porqué lo siento cuando el termómetro marca veinte grados centígrados. Estoy oyendo una voz que me llama desde el baño. Creo que estoy alucinando. Me acompaña la luz de una vela, y ésta libreta. Podría encender la luz, pero siento como si alguien -o algo- me presionara hacia la silla en la que estoy sentado. No tiene intención de dejarme levantar. Comienza a faltarme el aire. Todo es negro.
Desperté poco después. Estoy en cama. Las ventanas están abiertas. Está lloviendo. Es octubre. La vela que hay sobre la mesa está apagada. El reloj de mi nochero marca las tres. La noche es fría, y la lluvia ataca impasible.
Acabo de despertarme de un sueño, en el que soñé que me escuchaban.
Tengo casi setenta años.
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